LA MALDICIÓN AZUL. Telefónica contra Alonso y Pedrosa
Dicen que fue a finales de diciembre de 2005, en una abarrotada sala de reuniones de la Gran Vía madrileña, cuando un alto cargo de Telefónica golpeó la mesa al enterarse de que sus dos emblemas deportivos –Fernando Alonso y Dani Pedrosa– cambiaban de patrocinadores. “¡Si se marchan , no volverán a ganar otro mundial!”, bramó, según quienes lo oyeron salir del despacho todavía con el eco de los nudillos sobre la madera. La frase jamás quedó por escrito, pero empezó a correr de paddock en paddock con la misma velocidad que los monoplazas y las MotoGP, convirtiéndose en lo que hoy muchos aficionados llaman la “maldición azul”.
Durante los años previos, Telefónica había invertido una gran cantidad de dinero en el motociclismo: primero con Sete Gibernau y después con un Pedrosa que, con solo veinte años, ya acumulaba tres coronas en 125 y 250 cc bajo la carpa de Movistar Honda. Pero aquella apuesta terminó abruptamente poco tiempo después.

La pirueta comercial tuvo segunda parte apenas cinco días después: Vodafone firmó como patrocinador principal de McLaren a partir de 2007, y Alonso, todavía con la corona de 2005 recién conquistada, confirmó su salto a Woking para la temporada 2007. Con un solo movimiento, Telefónica veía cómo su niño mimado vestía de rojo Vodafone y su promesa en motos pasaba a lucir el naranja de Repsol. Fue en ese momento –cuentan– cuando el directivo, herido en su orgullo corporativo, lanzó la invectiva que el folclore transformó en maldición.
El balance deportivo posterior alimentó la leyenda. Pedrosa debutó en MotoGP en 2006, ganó 31 grandes premios y subió 112 veces al podio, pero jamás logró la corona de la categoría reina antes de retirarse en 2018 y regresar un par de años más tarde a través de una wild car. Alonso, por su parte, cerró su segundo título en 2006 con Renault y, desde entonces, ningún campeonato más: se quedó a las puertas con Ferrari en 2010 y 2012 y hoy, con 43 años y más de 400 grandes premios, sigue persiguiendo la tercera estrella con Aston Martin y la futura llegada de Adrian Newey.
Sin prueba documental que respalde la supuesta amenaza, la historia sobrevivió como rumor de paddock y combustible para tertulias. El periodista y escritor “Virutas de Goma” la ha recordado en podcasts y en redes, ironizando cada temporada con que “la maldición que le echó aquel directivo sigue vigente”. La frase reaparece cada vez que Alonso pierde un título en la última carrera o Pedrosa anuncia un ‘wild card’ sin premio, reforzando la sensación de un conjuro que nadie ha conseguido romper.
A las puertas del reglamento 2026, el mito permanece vivo. Alonso confía en que el proyecto verde de Aston Martin y Honda ponga fin a diecinueve años de sequía; Pedrosa, convertido en probador de KTM, todavía sueña con un podio esporádico que sirva de epílogo dorado a su carrera. Quizá entonces quede claro que no hubo maldición, solo la aritmética despiadada del deporte de élite. O quizá la leyenda necesite un desenlace para seguir latiendo. Mientras tanto, aquella frase –real o inventada– sigue flotando en los boxes, recordándonos que, en el motor, la superstición corre tan rápido como la gasolina.
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Pablo Escalera